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ABANICO/ Por qué humanizar la Inteligencia Artificial

Por Ivette Estrada.

La tecnología modifica de manera radical los procesos de interacción y trabajo. Por ejemplo, la digitalización se impone para acelerar procesos a lo largo de las cadenas de producción y distribución.

Sin embargo, la transición a modelos operativos más eficientes y ágiles, implica una redefinición de funciones e incluso de místicas laborales. No deben limitarse a la adquisición tecnológica sin antes escudriñar los valores que ésta aportará a cada puesto de trabajo y a la estrategia general de negocio.

Y más aún: se deberá definir que límites tendrán las soluciones tecnológicas para no deshumanizarnos. Este es el gran reto de la Inteligencia Artificial (IA): alcanzar un gran potencial sin olvidar valores esenciales como la bondad, el respeto, la inclusión y las implicaciones de cada acción y solución.

Aunque ahora las máquinas pueden realizar diversas tareas, usar la IA a nivel industrial y prever que el 30% de los actuales puestos de trabajo se absorberán por las máquinas en 2030, los robots no podrán relevar tareas esencialmente humanas como comunicar, negociar, persuadir o cuidar.

Esta es la perspectiva actual:

Existen cuatro tipos de Inteligencia Artificial: máquinas reactivas, IA con memoria limitada o con la capacidad de “recordar”, teoría de la mente que tienen capacidad de aprender y la IA auto consciente, capaz de tomar decisiones propias.

De forma simultánea, el cerebro humano cuenta con aproximadamente cien mil millones de neuronas. Si se mejoraran con tecnología en términos de conectividad y rendimiento, le permitirían al humano común un coeficiente intelectual de más de mil, comparado con el estándar actual de entre 80 a 120.

Es decir, es inmenso el potencial que la IA puede desarrollar en capacidades. Sin embargo, existe una preocupación por generar barreras éticas e impedir que la tecnología nos deshumanice.

La paradoja es acotar las posibilidades infinitas de la IA para que la tecnología sirva al ser humano y no a la inversa.

Esto resulta difícil ahora, cuando vivimos en la “era exponencial”, donde todo va a ser digital. Por ejemplo, el data es la nueva gasolina, la IA la otra electricidad, el cloud la oficina de nuestra era, e incluso la realidad aumentada es sinónimo de nuestros sentidos…sin embargo, se debe mantener el factor humano por encima en un mundo que está completamente conectado.

Sabemos que la inteligencia artificial transformará todas las industrias, pero hay un tema que no puede soslayarse: la ética digital. Esto implica sostener valores como diversidad, privacidad, autonomía, responsabilidad de la delegación de las decisiones y transparencia. Ante esto, es importante incluir los valores en el diseño, sistemas y prácticas de la IA si queremos preservarla como humana.

Para ello deberán generarse acuerdos de gobiernos, empresarios, instituciones educativas, ONGs y otras partes interesadas. Todas ellas se requieren para generar productos y políticas de uso de una Inteligencia Artificial ética, que mejoren nuestras condiciones de vida, enriquezca entornos y anteponga al ser humano a cualquier invento, máquina o aplicación.

Las máquinas podrán sustituir todas las tareas lógicas y repetitivas, pero no lograrán suplir imaginación, emociones e intuición. Y cualquier cosa que no pueda ser digitalizada o automatizada, adquirirá mayor valor de mercado.

Más allá de esta perspectiva, debe romperse el mito de que los robots conducirán decisiones y vidas. Deben mirarse como aliados en un mundo que requiere mayor humanización y sentido para proseguir, aportar y consolidar el mundo que queremos.

 

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